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Madre Potel
Madre Potel Muy pronto un cierto número de sus antiguas compañeras se les unieron y, en un modesto apartamento de la calle Cassette, baja la vigilancia de Dios, se construyó la cuna del futuro Instituto. Estas piadosas hijas se pusieron espontáneamente bajo la dirección de Josefina Potel, quien les parecía era la más digna de entre ellas y la más capaz de dirigirlas según el espíritu de Dio(p.19) 1. En tres palabras se puede resumir la historia de estos humildes comienzos: humildad, pobreza, caridad. Entonces, se plantaron las raíces de la nueva Congregación en el suelo fecundo de las virtudes que constituyen la vida de las Ordenes religiosas. La casa de la calle Cassette era un verdadero Belén; ahí encontraban, después de las fatigas y de las labores del día, todas las privaciones; pero el amor que encendía las almas, y la caridad que unía los corazones hacían todo fácil y dulce. Y no resultaba sorprendente que en esas condiciones el trabajo de las Hermanas haya sido un verdadero apostolado. Pronto lo concebimos en el mundo, y las reclamamos en todo lugar en donde había enfermos que cuidar y moribundos que preparar para el último paso. Por fin llegó el gran día en que Providencia conduciría al puerto a este pequeño grupo de almas escogidas que, desde hacía meses, esperaba con impaciencia poder ingresar en la vía de la perfección religiosa. Y aquí esta vía se abría delante de ellas;..... Las aspirantes que se presentaron en Saint Sulpice el 24 de Enero de1824. (p.26) Josefina Potel, de 25 años, recibió el nombre de Hermana Marie - Joseph y se le instituyó como Superiora General. Jeanne Letellier, de 23 años, recibió el nombre de Hermana Saint-Anne y se le nombró asistente. Delphine Fouché, de 23, años, se le llamó Hermana Saint François y se le escogió como maestra de novicias. Victoire Langlois, de 21 años: Hermana Saint-Ignace. Marie Lheureux, de 22 años: Hermana Saint-Hyacinthe. Anne Deronel, de 23 años: Hermana Saint-Sulpice. Madeleine Galau, de 33 años: Hermana Saint-Jean-de-Dieu. Virginie Hénlon, de 20 años: Hermana Saint-Vincent. Marianne Bouthor, de 26 años: Hermana Saint-Marthe. Félicité Thirial, de 23 años: Hermana Saint-Camille. Thérèse Moyencourt. de 29 años Hermana Saint-Thérèse Madeleine d'Ablincourt, de 22 años: Hermana Saint-Stanislas. (p.28)
GOBIERNO DE MADRE POTEL - 1821 - 1824 Sabemos poco sobre la primera Superiora General, cuyos días ya estaban contados, cuando ella asumió la pesada responsabilidad de una fundación; pero la elección hecha por Monseñor de Quélen nos permite suponer que estaba a la altura de esta pesada prueba. Sus antiguas compañeras de religión eran unánimes en decir que ella unía una gran energía a una extrema bondad y que su aspecto exterior, lleno de distinción y de encantos, respondía a sus cualidades morales. (p. 32) Una vez regularmente constituidas, las Hermanas dejaron el apartamento que ocupaban en la calle Cassette y alquilaron una casa pequeña el la calle Notre-Dame-des-Champs; en ella tenían más independencia y tenían más posibilidades de llevar la vida de comunidad. Las postulantes no tardaron en presentarse y la Madre Potel las recibió con los brazos abiertos; cada solicitud de admisión hacía que derramara lágrimas de alegría a las cuales, hay que decirlo, se agregaba una exclamación de angustia: "Mis pobres higas, ¡ no tengo camas para ustedes!" (p.33) Es que, en efecto, la comunidad estaba en una necesidad completa; pero, cuando uno aspira a hacer voto de pobreza, no se detiene ante una objeción de este tipo; asimismo, nuestras pobres voluntarias se tendían alegremente en el suelo sobre colchones. Todo estaba en la misma proporción y menudo hacía falta lo necesario; así cuando regresaba una Hermana, después de haber hecho su servicio de cuidado, se quitaba su hábito para cedérselo a la compañera que se aprestaba a partir. Y, detalle elocuente, después de los penosos trabajados del día, se contentaban en la noche con tener por todo alimento una sopa de pan y una manzana o algunas nueces. Estas privaciones eran aceptadas generosamente por las santas hijas que aún permanecían perfumadas por el aroma de su elección. (p. 33) En lo damas, las pruebas materiales eran relativamente poca cosa en comparación con las contradicciones que - a pesar de la acogida que las Hermanas tenían en las familias y de la estima de la que disfrutaban - les provocaron los sabios y los inteligentes del siglo quienes juzgaban la obra emprendida como inoportuna, creándolas miles de problemas. (p.33) Sin embargo, a pesar de las corrientes contrarías, la comunidad había crecido visiblemente al final del primer año y ya contaba con una treintena de miembros, tanto postulantes como novicias y profesas. Nuevamente hizo falta buscar un local más espacioso, lo encontraron en la calle Cassette No. 7. La disposición de esta casa permitió instalar una capilla interior cuya abertura Monseñor de Quélan se apresuró en autorizar, y que sirvió a los Padres de las Misiones extranjeras. Fue una gran gracia para las Hermanas poder, en toda hora del día, buscar luz y consuelo en este oratorio; tan cerca a las fuentes de la vida, ?cómo les iba a faltar la fuerza y la fidelidad? Su gran consuelo durante estos primeros años fueron también la simpatía, la dedicación, el apoyo que encontraron al lado de M. Pierre y del abate Desjardins, vicario general. (p. 34) Fue él quien apoyó a la Madre Potel durante su corto y doloroso calvario y, gracias a él, ella pudo morir en paz, sabiendo que sus hijas no serían abandonadas. También fue él quien distinguió las cualidades eminentes de la Madre Geay y dirigió sus primeros pasos en un camino lleno de espinas. (p.34) De hecho una prueba agobiante no tardaría en caer sobre la Congregación. La Madre Potel, tan valiente y tan generosa, sentía disminuir poco a poco sus fuerza y, a pesar de la dedicación del doctor Récamier, a pesar de los solícitos cuidados que se le prodigaron tuvo que rendirse ante la evidencia y reconocer que sufría de una enfermedad al pecho cuyo desenlace fatal era cierto. Sus hijas atribuyeron su prematuro fin al exceso de privaciones y a las mortificaciones que ella se había impuesto por el éxito de su obra, y que la había consumido antes de tiempo. (p. 36) Uno se puede figurar sin pena el agudo de esta alma, que se había entregado tan generosamente a Dios, cuando comprendió el sacrificio que se le iba a pedir. Todo aquello en lo que había soñado se derrumbaba a su paso...¿Qué iba a pasar con la Congregación naciente? ¿Cuál sería su futuro? Y además, en el presente, ¡qué responsabilidades! Paralizada por la enfermedad, ¿como podía la Reverenda Madre llevar las riendas del gobierno y prevenir a sus hijas contra la disminución de la disciplina? Todos estos pensamientos torturaban el corazón de la pobre religiosa y su única fuerza residía en sus actos repetidos de sumisión completa a la voluntad de Dios. (p. 36) Sin embargo, a pesar de su bondad radiante y de los poderes ilimitados que Monseñor de Quélen le habían conferido, el Padre no logró que todas las Hermanas aceptaran las modificaciones hechas al reglamento, y - gran prueba para la Madre Potel - dos de las primeras profesas abandonaron la comunidad. Esta defección, que hace recordar a la del joven del Evangélico a quien Jesús vio sin poder detenerlo sólo hizo que se estrecharan los lazos de las Hermanas que seguían siendo fieles. (p.38) Durante el año 1825 la Reverenda Madre recibió algún consuelo para esta gran prueba. Ya se ha señalado que, aún antes de que las Hermanas fueran reconocidas legalmente, muchos sectores les habían solicitado que establecieran una case en las provincias. Después de la profesión de las Hermanas, recibieron un nuevo pedido de este tipo de parte de una noble y piadosa cristiana de Lille, la Condesa dEspel, y la Madre Potel creyó que era su deber considerar esto seriamente esta vez. Entonces, en medio de estas tribulaciones, la Superiora General tuvo el inmenso consuelo de constatar que el Divino Maestro se dignaba reclamar los servicios de sus hijas, no sólo para el alivio de los enfermos, sino también para la instrucción de los niños, la parte más querida de su rebaño. En efecto, la municipalidad de Lille sólo quiso aceptar la fundación de Hermanas cuidadoras de enfermos con la condición de que se encargaran también de varias clases gratuitas. (p. 38) Habiendo aceptado las condiciones impuestas por el Consejo municipal, cuatro Hermanas, escogidas con discernimiento por la Madre Potel, se dirigieron a Lille para realizar la obra demandada. Esta fue la primera rama separada del árbol, debía producir abundantes frutos. Las religiosas a quienes se llamó a esta fundación, encontraron en ella la pobreza de la Casa Matriz, y pudieron poner en práctica la mortificación cuyo ejemplo y costumbre habían recibido de la Madre Potel. Sin embargo, las fuerzas de la Superiora General disminuían cada vez más; ella veía con calma acercarse su fin, pero la inquietud sobre el futuro de la obra la consumía. M Desjardins, a pesar de sus numerosas ocupaciones venía continuamente a visitarla, y un día en la primavera de 1826 - mientras ella vertía su pena en el corazón del venerable sacerdote, éste se sintió inspirado y le preguntó si consideraba que alguna de sus hijas estaba en condiciones de reemplazarla. (p.39) La Madre Potel, que tenía la clarividencia de los corazones puros, le confesó que sólo una de las miembros de la comunidad le parecía capaz de llevar la pesada carga de la superioridad, y además era una joven Hermana que no había terminado su año de noviciado . Se trataba de Marie Angélica Geay quien, en religión, llevaba el nombre de Saint - Antoine. M. Desjardins ya había tenido la oportunidad de constatar las aptitudes de esta novicia, porque, en los últimos meses de 1825, le había confiado una delicada misión. Ella había tenido que dirigirse a Mont Morillon para constituir regularmente una comunidad en ese lugar o hacer regresar a la Casa Matriz a algunas Hermanas a las que había creído se podía enviar en fundación a esta ciudad, a demanda de personas más interesadas que prudentes. (p.39) En esta ocasión, la Hermana Saint Antoine demostró una sabiduría y una caridad que no dejaron de conmover a M. Desjardins; ella se encontró, en la misma ocasión, en la necesidad de mantener correspondencia con él con relación a este asunto, y él también estuvo en condiciones de apreciar las cualidades de la joven Hermana, al igual que piedad y el fervor que llenaban su alma. Con el tacto exquisito que lo caracterizaba, comprendió que la Madre Potel no se equivocaba en su juicio sobre la Hermana Saint Antoine. Entonces el santo eclesiástico mantuvo una entrevista con ella y, habiéndose asegurado que sus disposiciones interiores respondían a las facultades de su espíritu, le dijo, sin otro preámbulo: "Hermana mía, usted va a ingresar en un retiro pues pronunciará sus votos en ocho días. Prepárese para ser nombrada Superiora." (p. 40) Fue así, en la paz de un consentimiento completo, que la Hermana Saint Antoine inició y terminó su retiro y el 5 de Mayo de 1826, pronunció sus votos. Pero su profesión no dio lugar a una de esas solemnidades que parecen un triunfo y cuyos esplendores aligeran el sacrificio. La aflicción presidió este festín de bodas, y sólo hubo lágrimas para festejar el ingreso de la Madre Geay en el grupo de vírgenes, pues la Madre Potel se apagaba, y al día siguiente, el 6 de Mayo, entregó dulcemente su alma a Dios, después de haber ofrecido su vida por la obra a la que se había consagrado.(p. 42) No hemos podido procurarnos detalles sobre estos últimos momentos, los escritos referidos a los primeros años de la Congregación han desaparecido en medio de los problemas políticos que surgieron desde entonces. Para rendir homenaje a la memoria de la primera Superiora General del Buen Socorro, sólo podemos transcribir lo que hace poco escribió la Reverenda Madre Marie-Joseph quien actualmente detenta tan dignamente este puesto: "La buena Madre Potel fue como la víctima colocada en la base del Instituto y que debe asegurar su existencia mediante un holocausto prematuro." (p.42) Los pobres Hermanas quienes habían recibido su último suspiro, la sentían, la comprendían y, totalmente afligidas, totalmente desamparadas, no sabían como reverenciar dignamente a la primera Madre, ellas le rindieron un homenaje simple y conmovedor. Después de vestirla con su hábito religioso, la colocaron en un sillón de paja y la expusieron en el coro de su modesto oratorio. Este recuerdo ha quedado vivo en el Buen Socorro, y en la elección de cada nueva Superiora General, la Reverenda Madre recibe el homenaje de sumisión de sus hijas sentada pequeño sillón.(p.42) Los despojos mortales de la Madre Potel fueron inhumados en el cementerio Montparnasse el 9 de Mayo y el mismo día Monseñor de Quélan delegó a M. Desjardins y M. de Pierre el nombramiento, en su nombre, de la Hermana Angelique Geay como Superiora General de las Hermanas del Buen Socorro. Según los deseos del arzobispo para esta elección no se recabaron los votos, de las Hermanas, cuyo numero en ese entonces llegaba a veintiocho profesas y diez novicias. Conforme a los estatutos. la Hermana Geay tomó el nombre de Madre Marie- Joseph, nombre que llevaron posteriormente todas las Superioras Generales. (p.43) Pero nos falta decir cual fue esta prueba que vino tan pronto a agobiar a la Madre Geay. Durante el tiempo, muy corto, de su gobierno, la Madre Potel había logrado, por un prodigio de economía y gracias, a la generosidad de algunos bienhechores, adquirir la casa de la calle Cassette, y para evitar toda dificultad en el futuro, dos meses antes de su muerte había hecho un testamento ológrafo por el cual designaba a Angelique Geay y a Jeane Letellier como sus herederas universales. (p.50) Aunque la digna religiosa sólo había aportado a la Comunidad su luz y sus grandes virtudes, su familia se creyó autorizada, después de su muerte, a impugnar este testamento; y, a pesar de su espíritu de paz y de caridad, las Hermanas se vieron obligadas a defender sus derechos por las vías jurídicas. (p.51) En estas circunstancias difíciles, fueron grandemente apoyadas por M. Récamier y también por M. Desglageux, uno de los miembros más distinguidos del Colegio de Abogados de Paris. Gracias a sus brillantes consejos, la venerable Madre Geay logró que se le hiciera justicia..... (p.51) Cuando aún era niña, esta buena religiosa conoció a la venerada Madre Geay, cuando ésta se encontraba en Picardie para erigir un Calvario en ........ lugar natal de la Madre Potel...." (p.161)
Oración a Madre Josefina Potel Fundadora Oh, buena Madre Potel, tu que como víctima de nuestro comienzos has asegurado la existencia de nuestro Instituto por el sacrificio prematuro de tu vida, sé la aboga de nuestra cause y ayúdanos a continuar la sagrada Misión que tú inauguraste en la amada familia del Bueno Socorro de París. Obtened para nosotras fidelidad a la gracia, el fruto de intensa y confiada oración, de manera que podamos seguirte por el camino del amor, generosidad y coraje. Llénanos con tu espíritu de mitificación, de olvido de nosotras mismas, de caridad, de ternura y de exquisita bondad para que imitando tu ejemplo podamos vivir como genuinas hijas del Bueno Socorro de París, y permanezcamos siempre como verdaderas hijas de tan digna Madre. Querida y buena Madre Potel, míranos; favorecénos a nosotras tus hijas con muestras de maternal protección. Unénos aún más estrechamente entre nosotras. Concedenos a esta Legión de almas las inspiraciones y la fuerza de seguir resueltamente en el camino del deber con constantes actos de filial y entera sumisión a la Santa Voluntad de Dios. Amén.
1 Translación - Historia de la Congregación del Buen Socorro de Paris, 1824 - 1902 |